Vuelvo a la orilla turbia del río,
donde el amor alguna vez tuvo su nido.
Llama el arcano de esta ribera,
madre de todos los adioses y quimeras.
Olor a barro, jirón de infancia,
rescato del olvido y la distancia.
Carne de mi cruel melancolía.
Pasión dolorosa, pero mía.
Vuelvo a las voces tan desoídas,
de esta que fuera aquella tierra prometida,
la despojada, la malquerida,
a sus harapos de esperanzas y alegrías.
Cierro los ojos, palpo sus sombras
y por piedad me miento que me nombra.
Carne de mi ausencia y rebeldía.
Pasión dolorosa, pero mía.
Y ¿cómo hablarle de mis despojos?,
a ella que fue parida en tantos abandonos.
De que orfandades llorar dolido
si en sus ojeras se amontonan los olvidos
y de su anemia reparte flores,
entre los huesos de sus sepultos amores.
Carne de mi carne malherida.
Pasión dolorosa, pero mía.
La sinfonía de los recuerdos,
entre violines que tocan a degüello
y los timbales de la locura
que laten en las sienes de su historia dura,
supo de adagios de primavera,
tan tibios como el sol de su bandera.
Carne de mi obstinación suicida.
Patria serás patria quizá un día...
Patria serás la patria mía.